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miércoles, 26 de febrero de 2020

La lectura de hoy: El alquimista impaciente, de Lorenzo Silva

"Al azar le gusta adoptar los más diversos disfraces, y por los que escoge en ciertas ocasiones uno juraría que es un humorista incorregible"


"Tengo debilidad por las historias así; de hecho es lo que uno trata de desentrañar, cuando investiga un crimen. Una historia trabada, sólida, en la que todo se justifique y encaje, donde los hechos se sucedan necesariamente. Luego se encuentra lo que se encuentra, porque la vida, capaz de bordar tragedias tan hermosas como la de aquellas leonas del Ngorongoro, también resulta a veces practicante del brochazo más burdo." 


El alquimista impaciente es la segunda novela protagonizada por la dupla Bevilacqua - Chamorro,  a quienes ya conocimos en El lejano país de los estanques. Y, como ésta, es una muy buena novela, de ritmo ágil y atrapante.
La investigación comienza cuando, en el cuarto de un motel, se encuentra el cadáver de un hombre. Todo induce a que no hubo acción criminal, aunque Vila intuye que hay algo más. 
Tiempo después aparece otro cuerpo, y aquí ya no hay dudas de que fue un asesinato. Vila y Chamorro, entonces, vinculan los dos casos.
Se inicia así una trama que se va complejizando cada vez más  hasta el desenlace.
Otro aspecto que cobra fuerza, es la relación entre los protagonistas, que aparece aquí ya más aceitada y con más confianza entre ambos, con interesantes intercambios de opinión y complementación casi automática en su trabajo.
Vamos conociendo, además, una veta más reflexiva de Bevilacqua. Donde nos habla de la vida y la sociedad, sobre su empatía con las víctimas y su preocupación por hacer justicia en su nombre, sobre distintos aspectos de la investigación,  sobre su relación con Chamorro, sobre el trato con los testigos y sospechosos. 
La narración en primera persona facilita esta veta chandleriana, que hace de Bevilacqua un guardia civil más parecido a Philip Marlowe que a sus colegas uniformados, convirtiéndolo, junto con Chamorro, en dos investigadores muy queribles, y a esta novela, en definitiva, en una excelente opción de lectura, que, desde ya recomendamos, mientras vamos en busca de la tercera entrega de la saga.

jueves, 29 de marzo de 2018

Hoy recomendamos: Triste, solitario y final, de Osvaldo Soriano


Es muy frecuente que los escritores les rindan homenaje a sus héroes. Así lo hizo el gran escritor y periodista argentino Osvaldo Soriano, en su primer novela, Triste Solitario y Final, que tiene como principales protagonistas, además del propio autor, a Philip Marlowe y a Stan Laurel.
El título está tomado de la siguiente frase de El Largo Adiós, de Raymond Chandler, y refleja su mismo tono melancólico y desesperanzado.


Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final.


Philip Marlowe en El largo adiós


Así relata Soriano la génesis de su obra en un reportaje publicado en 1983


"Escribí Triste, solitario y final después de muchas dudas y vacilaciones. Quizá nunca lo hubiera terminado si Jorge Di Paola, que lo iba leyendo a medida que yo lo escribía y sabe más que yo sobre ese libro, no me hubiera alentado y convencido de que valía la pena. Después, Marcelo Pichon Rivière lo hizo publicar en Corregidor. En ese tiempo yo tenía la obsesión de Laurel y Hardy, esos cómicos que me habían divertido tanto durante mi infancia y que habían terminado en la miseria, olvidados por la industria del cine. Por otra parte, había leído a Chandler y estaba enamorado, como todo el mundo, del personaje duro y romántico de Philip Marlowe. Quería escribir algo sobre Laurel y Hardy, pero no sabía por dónde agarrarlos, cómo entrar en la historia. No se me ocurría que tuvieran algo que ver con Marlowe. Yo tuve gatos toda mi vida, son mis hermanos, me siguen por la calle, nos comunicamos muy fácilmente, quizá porque como ellos yo vivo de noche y como ellos soy muy vago… En ese tiempo vivía en un dos ambientes en la calle Mario Bravo, solo, no tenía gato por primera vez en mi vida, y estaba muy deprimido porque no le encontraba la vuelta al tema de laurel y Hardy. Una noche estaba tirado en la cama a las tres de la mañana, en pleno verano, sintiéndome un pobre infeliz, cuando oigo en la cocina un ruido de cacerolas que se caían al suelo. Me levanto, voy a ver, despacito, y me encuentro con un enorme gato negro que había entrado por la ventana abierta y estaba parado entre las ollas. Yo sólo tenía prendida la luz del velador así que estábamos en la penumbra de la cocina y el gato me miraba fijo. Le hablé, me acerqué un poco y él saltó a la ventana, desde donde se quedó mirándome un rato, como diciendo: ‘¿Qué hacés, boludo, no te das cuenta de que la cosa es evidente?’ Una vez que me avivé de que era el gato negro (o la gata negra, más bien) de Chandler, que venía a decirme que el único capaz de investigar la historia de Laurel y Hardy era un detective profesional como Philip Marlowe, dio un salto y se fue. Ahí nomás saqué la máquina y empecé a escribir el encuentro de Soriano y Marlowe en el cementerio de Forest Lawn. Y no paré hasta que terminé la novela”


Para finalizar transcribimos un párrafo de Triste, Solitario y Final, cuya lectura recomendamos fervorosamente:


"El viejo Stan Laurel bajó del taxi. Miró el arrugado papel que guardaba en un bolsillo y comprobó el número del edificio. El tránsito era intenso como todas las mañanas en el Hollywood Boulevard. Se detuvo un instante en la vereda. El edificio que tenía frente a él no era nuevo, ni siquiera estaba muy cuidado: el gris de la fachada mostraba la suciedad de los años. Antes de tomar el ascensor se quitó el sombrero. Nadie prestó atención a su cara muy blanca y arrugada. Al llegar al sexto piso se había quedado solo. Salió a un pasillo mohoso, iluminado por un par de lámparas fluorescentes. Caminó unos pasos y se detuvo frente a una puerta de madera deteriorada que tenía un vidrio esmerilado. En él se leía: “Philip Marlowe, detective privado”, y más abajo: “Entre sin llamar.”

Entró sin hacer ruido. Se había vuelto cauteloso y no supo por qué. Ante él había una pequeña sala de espera con dos sillones y una mesa muy baja sobre la que estaban tiradas algunas revistas viejas. Se sentó. Dejó el sombrero sobre la mesa y tomó una de las revistas, pero sus ojos miraban la habitación. Las paredes estaban absolutamente despojadas y no habían sido limpiadas en los últimos años, aunque alguien se encargara de pasar, de vez en cuando, un plumero que nunca había alcanzado el techo. Stan fijó sus ojos en la puerta entreabierta que tenía frente a él. Inclinó el cuerpo, pero no alcanzó a ver el interior de la oficina. Alguien abrió la puerta por completo.


—Pase, señor Laurel.


Marlowe era un hombre de unos cincuenta años, un metro ochenta de alto, cabello castaño oscuro, aunque las canas lo habían blanqueado demasiado. Sus ojos, también castaños, tenían una mirada dura pero melancólica. Vestía un traje gris claro al que hacía falta planchar.
Stan, pequeño y desgarbado, entró en la oficina. La habitación estaba iluminada por el sol que entraba a través del ventanal. Marlowe se acomodó en su sillón, tras el escritorio viejo y oscurecido por el polvo y el hollín”

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